Por: David Toscana
dtoscana@gmail.com
Hace unos días corrió la noticia de que alguien había
grafiteado la antigua casa de Immanuel Kant con una leyenda en ruso que podría
traducirse así: “Kant es un imbécil”. La policía se puso a buscar al
responsable de tal sacrilegio o al menos dijo que lo buscaría. Un medio gringo
incluso bromeó al reportar: “Dado que Schopenhauer murió hace ciento
cincuentaicinco años, las autoridades carecen de un sospechoso”.
Junto con la noticia, circuló la fotografía de la casa
donde habitó Kant, y tal parece que el más inocente acto de vandalismo fue el
que cometió el grafitero. Mucho peor vándalo es el gobierno de esa óblast rusa
con su indolencia. El edificio está en perfecto abandono y deterioro, con
agujeros en el techo, sin ventanas, huecos en las paredes, cristales quebrados donde
todavía existe algo parecido a una ventana, muros desmigajados. Lo que un día
fuera un jardín ahora es un mero lodazal. Se le pueden augurar dos inviernos
más en los que el agua se filtre por los muros para luego convertirse en hielo
y acabe por derrumbarlo todo.
Vandalizar la casa de Kant también es poca cosa porque
toda la ciudad de Kaliningrado es un acto de vandalismo. Es un aborto
arquitectónico y urbanístico. Un esperpento heredado de los comunistas que
tumbaron cuanto hallaron de bello y demolieron más allá de lo que exige un
bombardeo, para luego levantar monstruosidades, incluyendo el espantajo de la Casa de los Soviéticos.
Así como está, a punto de venirse abajo, el edificio
kantiano funciona como símbolo categórico de la Ilustración que tuvo
su auge por aquellos años y que hoy es también una ruina.
El comentario del periodista sobre Schopenhauer vale como
chiste, pero chiste malo. Solo un imbécil podría escribir “Kant es un imbécil”,
y Schopenhauer distaba de serlo. Además, Schopenhauer jamás pensó que Kant
fuese un imbécil. La gente brillante prefiere los argumentos a las
descalificaciones.
Solo podríamos sospechar de Schopenhauer como vándalo
antikantiano, si el grafiti hubiese dicho: “Kant afirma que sin pensamiento, o sea, sin conceptos
abstractos, no hay conocimiento de ningún objeto, y que la intuición, puesto
que no es pensamiento, no puede tampoco ser conocimiento ni nada más que una
mera afección de la sensibilidad, simple sensación. Y todavía más: que la
intuición sin concepto es totalmente vacía; pero el concepto sin intuición
sigue siendo algo. Ésas son afirmaciones monstruosas; justo contrarias a la
verdad: pues los conceptos reciben todo significado, todo contenido, únicamente
de su referencia a las representaciones intuitivas de las que han sido
abstraídos, es decir, formados mediante la supresión de todo lo accesorio; por
eso, cuando se les despoja de la base de la intuición, son vacíos y nulos”.
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