Anda, Peña, tú también toma una trompeta y sopla una
fanfarria.
viernes, 21 de agosto de 2015
viernes, 14 de agosto de 2015
Mi juego favorito

Cualquiera que tenga más o menos mi edad,
recordará que algún empresario aprovechó la afinidad con lo brasileño después
del Mundial de 1970 para ponernos a todos a jugar con la peteca. Bastó que Pelé
la declarara “mi juego favorito” para que todos quisiéramos poseer eso que la
publicidad llamaba “un artículo deportivo novedoso y atractivo para todas las
edades”. Se podía echar en la mochila. En los patios de las escuelas se miraba
ir y venir por los aires las petecas durante el recreo.
Por aquellos días tuve también una bicicleta
Chopper, cuya rueda delantera era más pequeña que la trasera. Dado que el
diseño rompía con el modelo estético, la publicidad enfatizaba que era “bella
como la juventud”. Al principio padecí burlas por montar una Chopper. Luego fue
normal y hasta deseable poseer una.
Supongo que fue por aquellos días cuando calcé
orgulloso unos zapatos con plataforma y mucho tacón.
Más allá de los años setenta, me cuesta trabajo
ubicarme en el mundo de alguna moda. Hoy mismo, sin televisión y sin ver cine, puedo
entrar en un centro comercial con la actitud de Sócrates cuando dijo: “Cuántas
cosas hay que no necesito”. Distingo la abundancia de fealdad en lo
contemporáneo porque nadie me calienta la cabeza con las “tendencias” que deben
seguirse. Como amante de lo clásico, siempre me ha parecido más elegante Frida
Kahlo que cualquier primera o segunda dama que acuda a los modistas de moda.
Jamás me he sacado una selfie en tanto veo que gente pierde su empleo y hasta su
vida con tal de sumarse a esa moda. No tengo ni Facebook ni Twitter por mucho
que me aconsejan que los tenga.
Con estas líneas no pretendo despotricar contra
las modas. Sí, en cambio, me gustaría saber cómo operan esos mecanismos para
que alguien desee algo indeseable, para que le parezca bello lo horroroso y
hasta emocionante lo aburrido. Me gustaría que esos llamados genios de la moda
y la publicidad buscaran el modo de que la educación estuviese en boga para que
el estudiante promedio quisiera derrotar la ignorancia de su maestro y se
aceptara que la nacura nada tiene que ver con la cartera sino con la ignorancia.
Supongo que es posible, pues allá en esos días
cuando jugaba peteca, pedaleaba una Chopper y calzaba esperpénticos zapatos,
también tenía televisión. Entonces miraba El
gran premio de los 64 mil pesos. Era un programa con altos ratings, o
sea, programa de moda. Muchos de nosotros admirábamos muy sinceramente al
conductor y a los participantes, y queríamos emularlos. Para jugar ese juego,
había que leer, acumular información, dominar un tema, hacerse de cultura
general y específica.
viernes, 7 de agosto de 2015
Sin piedad
Recuerdo aquel día de mayo de 1972. Iba yo en el
asiento trasero de un Studebaker, cuando mi madre dijo: “Destruyeron la Piedad, de Miguel Ángel”. En ese
entonces yo no estaba muy interesado en el arte del Renacimiento, pero me
sentía cercano a Michelangelo Buonarroti. En Monterrey había sido todo un
escándalo al final de los años sesenta cuando se levantó sobre una fuente una
réplica del David. En la
prensa y las conversaciones se mencionaban los nombres de Miguel Ángel, de
David y de Toscana. No faltó quien me llamara “el David de Miguel Ángel” y me
hiciera bromas por la estatua desnuda, que nosotros llamábamos “chirunda” porque
mi familia paterna venía de la Costa Chica de Guerrero.
Aunque comprendí que el acto de vandalismo
contra la Pietà era cosa
grave, mi reacción no se acercó a la del escultor italiano Giacomo Manzù, que
se puso a llorar delante de los comensales en un café cuando se enteró de la
noticia. Se sabe que también hubo mucho llanto entre los testigos del hecho y
que el papa Paulo VI llegó prontamente a arrodillarse delante de la escultura.
El ataque había sido contra María, no contra
Jesús. El informe de los restauradores parecía un dictamen médico: “Fractura de
la nariz a la altura de las fosas nasales. Estragos en el párpado y en el ojo
izquierdo. Muchos daños a modo de rasguños en la cabeza. Fractura del brazo izquierdo,
que resultó arrancado”.
La obra de arte se había tallado de un solo
bloque de mármol de Carrara. Hoy es un pegote con cientos y quizá miles de
piezas. Muestra una escena irreal: Cristo ha sido desclavado de la cruz y ahora
yace casi ingrávido sobre una madre con rostro de adolescente, vestida con tan
abundantes ropajes que no podría dar un paso sin tropezarse, cuantimenos llegar
hasta el monte Calvario. Pero esto no importa en el arte: lo importante es la
armonía y la belleza. Lo importante es el modo en que exalta el alma humana, la
manera en que mueve a la reflexión y nos hace sentir parte de algo más grande
que nosotros mismos. Nos hace sentir hombres.
El arte hay que defenderlo. Aquel 21 de mayo de
1972 varias personas se lanzaron desesperadamente sobre el vándalo que
pretendía arruinar la Pietà.
Solo imbéciles sin alma se hubiesen mantenido indiferentes ante la destrucción.
El arte, a fin de cuentas, vale más que una vida. El día que alguien nos dé un
martillazo en la cabeza y nos arranque un brazo, no recibiremos tanto esmero,
tantos recursos, tanta especialización para curarnos. No esperemos que un papa
se arrodille delante de nosotros.
Dos tipos de personas conocen el valor y el
poder del arte: los que lo aman y los que lo destruyen. Cosa rara, se pueden
dar ambos rasgos en la misma persona. Muchos papas compartían esta dualidad; si
bien debo decir que Paulo VI, seis años antes de
arrodillarse delante de la golpeada María de mármol, fue quien por fin canceló
la existencia del índice de libros prohibidos del Vaticano.
El problema es que aun quienes más aman el arte
tienen apenas capacidad para apreciarlo, pero no para crearlo con la intensidad
y belleza que le dieron nuestros antepasados de hace trescientos, quinientos,
mil y más años. Y entre las artes, ninguna ha desaprendido tanto como la
arquitectura. Por eso cada vez que de lo antiguo cae un techo, un muro, una
columna, una torre, un campanario o un edificio completo nos volvemos más
burros, más innobles, más vacíos, más desalmados, más de hoy y menos de
siempre.
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