viernes, 12 de octubre de 2012

Tengo orgullo de ser del norte


Hace veinte años, cuando publiqué mi primera novela, comenzaba a hablarse de un supuesto fenómeno llamado “Literatura del norte”. Nunca supe bien de qué se trataba. Por supuesto Monterrey estaba en el septentrión mexicano, pero ¿qué tiene que ver la geografía con la palabra?
Si hay más distancia entre Monterrey y Tijuana, que entre Monterrey y el D.F., ¿por qué nos gusta la división norte-sur y no la oriente-occidente?
¿Que yo soy escritor del norte? ¿Qué significa eso? ¿Acaso significa que me he de poner un sombrero vaquero, una cuera tamaulipeca y gritar “ajúa” cada vez que me sale una buena frase?
Sin embargo acepté el mote de escritor del norte, pues eso me llevaba a encuentros y congresos donde bebíamos mucha cerveza y la pasábamos bien.
Nos hacía gracia cuando alguien mencionaba que la norteñés era una estrategia comercial, ya que no solemos agotar las primeras ediciones ni ganar premios de relumbre. Otros lo tomaban como un intento del centro de decir que éramos regionalistas, de pocos alcances, pues siempre había que cargar con una etiqueta que minimizaba el cosmos. Los escritores del centro eran mexicanos; nosotros éramos meramente tijuanenses o regiomontanos o culichis. A Jesús Gardea, un narrador excepcional, lo sepultó la crítica al llamarlo “narrador del desierto”.
Si bien, luego de mucho repasarlo, acabé por aceptar una característica en los narradores del norte: somos bárbaros y primitivos, como el resto de los norteños. Esta revelación me llegó con la anécdota que ahora cuento:
En cierta ocasión leía el libro de un célebre narrador capitalino. En una de las páginas me topé con este enunciado: “una puerta de cristal biselado”.
Hube de interrumpir mi lectura para llamar a Felipe Montes. Ni siquiera tuve que hacerle una pregunta. Tan sólo dije: “Puerta de cristal biselado”, y él de inmediato me respondió: “Puerta de vidrio”. Claro que sí, le dije, no hace falta más. Y colgamos.
A los dos minutos me llamó para preguntar: “¿Por qué no simplemente puerta?”.
Le expliqué que quienes estaban fuera, miraban hacia dentro; y los de dentro miraban hacia fuera. Colgamos.
Volvió a llamarme a los dos minutos. “Pues deja la puerta abierta”.
En el contraste entre una puerta abierta y otra de cristal biselado, entre echarse un trago y degustar un Château La Fleur-Pétrus 82, entre ponerse los zapatos y calzarse unos botines Salvatore Ferragamo de piel de becerro, entre simplemente “ir”, y “abordar una Cadillac Escalade color negro para dirigirse a”, está la esencia de la diferencia entre la narrativa del norte y la del centro.
¿Que somos bárbaros? Sí. ¿Poco sofisticados? ¿Secos? También. La frase es bien conocida: “Donde comienza la carne asada termina la civilización”.
Tal vez sea verdad; pero ¿a quién no se le hace agua la boca nomás de pensar en una arrachera con aguacate, chiles toreados, tortilla de harina y una cerveza bien helada?

viernes, 5 de octubre de 2012

Otra vez el Nobel


Por estas fechas se vuelven a renovar las apuestas sobre el Nobel de literatura. Mi preferido, Ismail Kadaré, no aparece por ningún lado. En cambio ahí está otra vez el eterno Bob Dylan con su numeroso apoyo de profesores universitarios sesentaiocheros, seguro en su mayoría de Berkeley. Según las casas de apuestas, el músico seudoliterato tiene momios de 10/1.
A Kadaré no sólo lo admiro. Lo envidio profundamente. Más allá de una obra inteligente, sensible, extraña, provocadora y bella, tiene una novela que me hubiese gustado escribir: El general del ejército muerto. Para mí, leer esa novela fue como enamorarme de una mujer ajena e inalcanzable. Un amor triste, una obsesión.
Para quien no la haya leído, resumo el tema: en los años sesenta, un general es comisionado para que vaya a Albania a recuperar los cadáveres de los soldados caídos en la Segunda Guerra Mundial. La aventura se convertirá en un grotesco símbolo de la inutilidad, tanto de su misión, como de la guerra. Quizá también de la vida.
Mejor aún, quien no la haya leído debería dejar en este punto mi texto, el suplemento Laberinto y dirigirse a una librería. Pero hay que apurarse, pues en todo México no habrá más de veinte ejemplares de esta novela. Ya conocen a los lectores que mandan en las librerías: en vez de buena literatura, quieren leer novelas de chupasangres y detectives de pacotilla.
El mismo Kadaré mostró este tipo de envidia por otra novela: Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric, solo que en vez de verla como mujer ajena, se puso a cortejarla. Acabó escribiendo El puente de tres arcos, un texto valioso sobre la construcción de un puente y las historias y leyendas en torno a él, aunque sin la ambición de la obra maestra del escritor bosnio.
Amigo lector, si no consigue El general, puede llevarse alguno de los excelentes premios de consolación de Kadaré. Por ejemplo, Abril quebrado. Un mundo donde la tradición es más poderosa que la conciencia; la historia de familias que tienen siglos matándose unos a otros, pues así lo ordena el Kanun.
Quizás en alguna librería encuentre El nicho de la vergüenza. Ahí se enterará de los cuidados que se le dan a la cabeza de un decapitado para poder exhibirla en una plaza.
O la Crónica de la ciudad de piedra, un terrible y bello relato sobre un pueblo albanés durante la Segunda Guerra Mundial.
O alguna de las novelas donde nos narra los absurdos y las angustias de la vida en Albania durante los años del comunismo.
Es difícil hallar un autor que nos haga reflexionar sobre las extravagancias de la historia, el poder y el individuo de modo tan atinado y profundo como lo hace Kadaré. Que nos haga comprender nuestra también extravagante situación a través de relatos que parecen lejanos en la geografía, el tiempo y la cultura. En Kadaré hay verdad. Esa verdad que sólo puede decirse con novelas.
Si yo fuera académico sueco no dudaría en darle el Nobel. No para inflarle el ego y colgarle una medalla y entregarle su chequezote. Sino porque es importante darle aire a sus libros. Porque es necesario que un habitante de este mundo no se vaya al otro sin antes haberlo leído.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Si yo fuera presidente



Si por alguna mala jugada del destino este diciembre amaneciera yo en Los Pinos, miraría con desolación los 2191 días que me quedaran por delante. Caramba, le diría a mi primera dama, ¿por qué no dejamos que ganara Quadri?
Luego de un café bien cargado, sostendría una reunión con mi gabinete. Me preocuparía notar que así, adormilado y diciendo sandeces, esa gente me miraría con atención y asentiría como si fuese yo una especie de gurú. Esto no me pasaba cuando era escritor, me diría, pues cualquier lector de medias luces solía criticar mis novelas y llenarme de consejos que nunca pedí.
A mi secretario de Educación le exigiría un plan ambicioso, pues le duplicaría el presupuesto. Al de Hacienda le diría que viera a qué dependencias vamos a castigarles el gasto para mandarlo a la SEP.
“No me importa ver las calles llenas de baches. Primero los estudiantes, luego los automovilistas. Y pon a los diputados a medio sueldo”.
Para no hacerme cargo de las cosas, les diría “Confío en ustedes”, y los despacharía a sus distintos ministerios. Apenas me viera solo, me pondría a buscar la biblioteca.
Una vez ahí, miraría con desilusión las colecciones empastadas en piel, señal de que no son libros para leer. En ningún estante hallaría algún clásico de la literatura. De inmediato tomaría una decisión: Voy a Gandhi.
Al dirigirme al metro Constituyentes, el jefe del Estado Mayor Presidencial me recordaría el esplendor de mi investidura. Acordaríamos mandar al chofer con una lista de compras. “Quiero Guerra y paz en pasta dura”. La lista sería larga. Aprovecharía que vivo del erario para comprar álbumes de arte y varios libros del Acantilado que nunca estuvieron al alcance de mi bolsillo. Por fin tendría toda la colección de Artes de México.
Inevitable sostener audiencias con gobernadores, líderes sindicales y senadores que me arrancarían más de un bostezo. Cuando viera entrar a mi chofer con las bolsas de Gandhi, dejaría a los políticos lamebotas con mi secretario particular. Me iría a la biblioteca a desparramar los libros nuevos. “Al fin, el álbum de Remedios Varo”. Tanto que me había dolido el codo cuando compraba los libros con el sudor de mi frente.
Esa noche convocaría a mis colegas escritores para que vieran cómo vive un presidente. “Bola de muertos de hambre”, les diría mientras les sirvo un Château Petrus. A los del Crack, el guardia les habría impedido la entrada. A mis amigos les daría becas. Al que más mal me cayera lo nombraría presidente del Conaculta.
Mi desinterés en la economía, en la política, nos llevaría a otro error de diciembre. Mi imagen caería al suelo, pero nada que no se pueda arreglar con un amplio gasto en imagen.
Al final de mi presidencia, habría ganado todos los premios literarios, excepto el Mazatlán. Habría muchos muertos más en México. También más pobres más pobres y menos ricos más ricos. Gobernadores más ratas. Mis discursos, más huecos que mi prosa. Mi doble presupuesto en educación se lo habría chupado el sindicato. Guerra y paz se quedó intacto en el librero.
Al final, me preguntaría lo mismo que puedo preguntarle a cualquier presidente que ha transado, arañado, matado y jalado cabellos con tal de ser presidente: ¿Para qué, señor presidente? ¿Para qué?

viernes, 21 de septiembre de 2012

El chocorrol


En febrero del 2006 paré un par de noches en el hotel Century de la Zona Rosa. Apenas entré en la habitación, me topé con una papeleta en el centro de la cómoda, la cual guardo como un documento preciado: “Estimado huésped: Disfrute de nuestra promoción. En la compra de dos malteadas le obsequiamos un chocorrol”.
Me sentí profundamente conmovido y mi mente novelesca me trajo tres imágenes. La primera tenía que ver con la reunión mensual de los ejecutivos del hotel.
“La gente sólo viene a desayunar al restaurante”, diría el gerente. “¿Qué podemos hacer para atraer más clientela?” Pensé en el proceso de deliberación, discusión y lluvia de ideas entre graduados de algún instituto de hotelería o licenciatura en turismo, entre meseros y amas de llaves hasta dar con el seductor perfecto: un chocorrol. ¿Cuáles serían, entonces, las ideas que se desecharon? ¿Qué antojadiza persona supuso que lloverían los clientes dispuestos a engolfarse dos malteadas con tal de obtener el empalagoso premio?
En la segunda escena hay incontables chocorroles en el mostrador. Nadie los toca.
En la tercera pude ver el restaurante al anochecer. Una pareja triste sorbía con popote sus malteadas. Miraban sin hablar el chocorrol al centro de la mesa. Quizás el hombre hubiese preferido una cerveza, pero eligió darle gusto a su mujer. ¿Quién se iba a comer el chocorrol? ¿Mitad y mitad? Habían pedido una vela en la mesa para dar luz a algún recuerdo de juventud. “¿Te acuerdas…?”, diría él. Ella miraba el chocorrol, a punto de llorar.
Aunque no supe meter ninguna de estas escenas en alguna de mis novelas, pues nunca he alcanzado tales niveles de sensualidad, sí compuse un pasaje en el que una pareja ha de enfrentarse a la idea de comer un pan esponjoso con betún rosado.
Quienquiera que la haya leído sabrá que me quedé muy lejos de poder transmitir la fragilidad de la condición humana sugerida en la papeleta promocional.
Me arrepiento de haber desdeñado la oferta. Si tuviese una segunda oportunidad, bajaría al restaurante cuando ya casi fuera hora de cerrar. Pediría las dos malteadas. Supongo que de vainilla y fresa, pues no me apetece el chocolate con chocolate. Es probable que el mesero, ante la nula respuesta de los clientes, olvidara traerme el chocorrol. Entonces yo sentiría una vergüenza enorme de recordárselo; si bien, al final lo haría. “¿No se le olvida algo, señor?”
“Ah, sí”, diría él, un poco turbado. “Su recompensa”.
Ahí, de cara a la pared, bebiendo un par de malteadas, decidiéndome a morder un chocorrol que no sería de marca conocida, sino elaborado por una mujer al borde de la desilusión, sin ganas de burlarme de mí mismo, habría comprendido algo sobre la vida y la muerte, algo que apenas intuyo leyendo a Dostoievsky, a Kafka, a Onetti. Morder ese chocorrol habría resultado en una epifanía, y entonces yo no sería un mero contador de historias sino, tal vez, un artista, y mis novelas dirían lo que no dicen y harían sentir al lector la sutil, la casi imperceptible distancia entre el ser y el no ser, entre el yo y la nada.

viernes, 14 de septiembre de 2012

El baño de mujeres


Los escritores no solemos ocuparnos de las necesidades fisiológicas de nuestros personajes. Si bien, hay muchas excepciones.
La mejor recordada es la penosa situación de Sancho Panza en aquel capítulo de los molinos de batán, cuando “le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él”. Así, en lo que exoneraba el vientre, don Quijote le pregunta si tiene miedo.
—Sí tengo —respondió Sancho—; mas ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?
—En que ahora más que nunca hueles y no a ámbar —respondió don Quijote.
En el cuento “Como el mundo”, Jesús Gardea nos cuenta la historia de dos hijos que deciden dejar a su gordo padre encerrado en una letrina. El hombre sobrevivió ahí apenas un día, y “la noche siguiente, de madrugada, un soplo de viento nos trajo una hedentina atroz, como si se estuviera pudriendo el mundo entero”.
Luis Arturo Ramos se ocupa de la micción en su novela La casa del ahorcado, mientras que en Palinuro de México, Fernando del Paso dedica un buen tramo a necesidades más etéreas.
Luego de pasar hambre, Eric María Remarque relata en Sin novedad en el frente el afortunado encuentro de unos soldados con un lechón. “Pasamos una mala noche. Hemos comido demasiada grasa. La carne fresca de lechón recarga los intestinos. Es un continuo entrar y salir del refugio. Fuera hay siempre dos o tres hombres en cuclillas, con los pantalones bajados y blasfemando. Yo mismo he de salir nueve veces. Hacia las cuatro de la mañana batimos el récord: los once hombres, centinelas e invitados, estamos agachados fuera del refugio”.
Entre más pienso más ejemplos se me ocurren, al punto de que podría olvidarme de la primera frase de este texto. No he hecho un esfuerzo ensayístico para saber hasta dónde los escritores han considerado los asuntos fisiológicos o si lo han hecho de modo elegante o vulgar, lo que sí me consta es que los arquitectos lo han hecho muy mal.
Cada vez que paso por aeropuertos, centros comerciales, salas de exposiciones u otros lugares de reunión masiva, me topo con la misma escena: el baño de hombres está casi vacío, mientras en el de mujeres hay una fila para siquiera poder entrar.
Quienquiera que escriba los nuevos libros de arquitectura, ha de dedicar algunas líneas en el capítulo sobre baños con las siguientes indicaciones:
Las mujeres tienen más motivos para ir al baño que los hombres.
Las mujeres suelen asistir en mayor número a los sitios públicos.
Ellas requieren más espacio para realizar aquello que otro no pudiera hacer por ellas.
A ellas les toma más tiempo; eso lo sabe cualquier ingeniero que conozca el análisis de tiempos y movimientos.
Y sin embargo, el área que se asigna para uno y otro sexo suele ser la misma cuando, según mis cálculos, la equidad se alcanzaría en el tres por uno.
Mientras los arquitectos prefieran la simetría al funcionamiento, el asunto quedará en la inequidad. Si yo fuese arquitecto, queridas damas, buscaría el equilibrio. Pero sólo soy un poverino escritorzuelo.

jueves, 30 de agosto de 2012

Democracia global


Al gordo Comodoro hay que llevarle chocolates; de lo contrario, no habla. Está sentado en su eterno sillón de mimbre, mirando una nube de polvo que se cuela por la ventana. Se zampa el primer chocolate, ya blando por el calor. Está descamisado, y me desagrada ver su barriga blancuzca de tres pliegues.
En nuestra conversación anterior se quedó dormido cuando hablaba de la democracia mundial. Le pido que continúe con el tema.
Ah, Toscana, otra vez con eso. Tratándose de política, el todo es menos que la suma de sus partes. Hay países, como los Estados Unidos, que internamente funcionan como una democracia, mientras por fuera se pasean con espíritu de despotismo nada ilustrado. Así, el mundo no será una democracia ni aunque todos los países del globo tengan gobiernos democráticos.
¿Tienes alguna propuesta?
La credencial de elector global. Si tanto hablamos de globalización, incluyamos también la política. Dividimos a los países en activos y pasivos; tornillos y tuercas; machos y hembras, o como quieras. Los pasivos se las pueden arreglar solos. Está muy bien que Belice tenga sus elecciones y que solo voten los beliceños.
Comodoro, le digo, usas un mal ejemplo, porque Belice…
No me corrijas, Toscana, que no somos iguales.
Guardo silencio y Comodoro continúa.
Pero si un país quiere ser protagonista, si quiere profanar con su planta mi suelo, entonces debe darme derecho al voto; para eso tendré mi credencial mundial con fotografía.
A mí me afecta quién se muda a la Casa Blanca, pues ahí se deciden cuestiones de migración, inversiones, estabilidad del peso, políticas contra el crimen o a favor de este, deuda externa; desde allá le dictan a mi presidente cuándo y cómo debe encorvarse. Ergo, yo debería tener el derecho de votar en sus próximas elecciones presidenciales.
Me parece utópica tu propuesta.
Ah, Toscana, entonces ve a escribir tus novelitas y déjame en paz; pero antes escúchame. No pretendo que mi voto valga tanto como el de un gringo, pero digamos que los votos mexicanos puedan valer un tercio de punto. A los ciudadanos de otro país más independiente, como Brasil, se les darían votos que valgan una décima de punto.
Comodoro mete la mano a la caja de chocolates y se come dos; luego se lame los dedos.
¿Qué pasa con Oriente Medio?
Los votos de cualquier país candidato a ser invadido por mero espíritu republicano valdrían tres puntos.
¿Más que el voto de un estadunidense?
Por supuesto. Para un gringo promedio, votar se reduce a asuntos de impuestos, precio de la gasolina y seguridad médica. Para otros pueblos es mucho más relevante. Ya hice los cálculos. Si en las elecciones gringas del 2004 hubiese votado el mundo entero, Bush habría obtenido solo el dos por ciento de los votos. Y sin embargo, en su país, y con ciertas técnicas priistas, logró la mayoría.
¿Y en las siguientes elecciones?
Pregúntame hasta noviembre, y entonces estaré seguro. Por lo pronto estimo que los electores mundiales le darían a Obama el 90 por ciento. Sin embargo, de aquí a noviembre no podremos empadronar al mundo, así que Romney tiene posibilidades de ganar. Pero no me gusta hablar de política, sino de mujeres.
Yo asiento y me despido, aunque viéndolo ahí, obeso y enchocolatado, estoy seguro de que su tema no son las mujeres.

sábado, 25 de agosto de 2012

Muerte por asilo


En la novela de Mijaíl Bulgákov, El maestro y Margarita, la sociedad de escritores tiene su sede en una casa que llaman “Griboyédov”, pues supuestamente ahí habría vivido Alexandr Serguéyevich Griboyédov, autor de una de las más populares obras del teatro ruso, cuyo título se ha traducido de distintos modos, entre los cuales mi preferido es La desgracia de tener talento.
El zar Nicolás I nombró a Griboyédov su ministro plenipotenciario en Persia, sin saber que el escritor pronto tendría el final más trágico de la literatura. Militar de agallas y recién casado con la duquesa Nino Chavchavadze, de dieciséis años, a quien dejó embarazada, ejerció una breve misión diplomática.
Y es que al poco tiempo de llegar a Teherán, se presentaron en la embajada tres armenios para pedir asilo: un eunuco y dos mujeres del harén del sultán. Griboyédov los recibió, pese a que ninguno de los tres perseguidos representaba lo más selecto de la sociedad ni lo más relevante de la intelectualidad.
Los persas, azuzados con argumentos políticos y religiosos, reunieron una numerosa turba frente a la embajada para gritar consignas y amenazas. Ante la decisión de Griboyédov de respetar el derecho de asilo, la muchedumbre atacó la embajada.
Aunque los rusos defendieron durante un tiempo su embajada, la acometida de cientos y hasta miles de teheranís se volvió todopoderosa. Las crónicas cuentan que hubo sólo un sobreviviente. El embajador cayó, espada en mano, quizá pensando en un deber o en una ética, o quizás en ese caso sean lo mismo. Su cuerpo fue arrastrado por buena parte de la ciudad. Hombres, mujeres y niños se habrán divertido con el indigno acarreo del cadáver. Más tarde, un carnicero se encargó de trozarlo.
A pedazos de carne quedó reducido un sagaz intelectual que dominaba el griego, latín, inglés, italiano, alemán, francés e incluso el persa moderno, al punto de haber escrito versos en ese idioma. Un escritor de los de antes, que conocía a los clásicos. Muy orgulloso se habrá sentido el matarife.
El zar no quiso crear un conflicto con Persia, pues en ese momento necesitaba de su apoyo en la guerra que libraba contra los turcos, de modo que aceptó un enorme diamante en calidad de disculpa. La zarina, encantada. Además, el gobierno ruso no acababa de asimilar las ideas vanguardistas del buen Griboyédov, pues al momento de su muerte, su famosa obra de teatro aún se encontraba prohibida. El propio Dostoievski reaccionó ambiguamente ante La desgracia de tener talento. El personaje principal le parecía inteligente, cultivado, ingenioso, pero tal vez demasiado europeo.
Para la duquesa Chavchavadze no hubo disculpa que valiera. Parió un niño muerto cuando llegaron las noticias de Teherán.
Según se desenvuelvan las cosas, veremos hasta dónde el gobierno de Ecuador procede como Griboyédov, y hasta qué punto el británico se comporta como una turba primitiva, linchadora y descuartizadora. Eso sí, pase lo que pase, la justicia sueca ya quedó como dócil concubina del harén anglogringo.