
Cualquiera que tenga más o menos mi edad,
recordará que algún empresario aprovechó la afinidad con lo brasileño después
del Mundial de 1970 para ponernos a todos a jugar con la peteca. Bastó que Pelé
la declarara “mi juego favorito” para que todos quisiéramos poseer eso que la
publicidad llamaba “un artículo deportivo novedoso y atractivo para todas las
edades”. Se podía echar en la mochila. En los patios de las escuelas se miraba
ir y venir por los aires las petecas durante el recreo.
Por aquellos días tuve también una bicicleta
Chopper, cuya rueda delantera era más pequeña que la trasera. Dado que el
diseño rompía con el modelo estético, la publicidad enfatizaba que era “bella
como la juventud”. Al principio padecí burlas por montar una Chopper. Luego fue
normal y hasta deseable poseer una.
Supongo que fue por aquellos días cuando calcé
orgulloso unos zapatos con plataforma y mucho tacón.
Más allá de los años setenta, me cuesta trabajo
ubicarme en el mundo de alguna moda. Hoy mismo, sin televisión y sin ver cine, puedo
entrar en un centro comercial con la actitud de Sócrates cuando dijo: “Cuántas
cosas hay que no necesito”. Distingo la abundancia de fealdad en lo
contemporáneo porque nadie me calienta la cabeza con las “tendencias” que deben
seguirse. Como amante de lo clásico, siempre me ha parecido más elegante Frida
Kahlo que cualquier primera o segunda dama que acuda a los modistas de moda.
Jamás me he sacado una selfie en tanto veo que gente pierde su empleo y hasta su
vida con tal de sumarse a esa moda. No tengo ni Facebook ni Twitter por mucho
que me aconsejan que los tenga.
Con estas líneas no pretendo despotricar contra
las modas. Sí, en cambio, me gustaría saber cómo operan esos mecanismos para
que alguien desee algo indeseable, para que le parezca bello lo horroroso y
hasta emocionante lo aburrido. Me gustaría que esos llamados genios de la moda
y la publicidad buscaran el modo de que la educación estuviese en boga para que
el estudiante promedio quisiera derrotar la ignorancia de su maestro y se
aceptara que la nacura nada tiene que ver con la cartera sino con la ignorancia.
Supongo que es posible, pues allá en esos días
cuando jugaba peteca, pedaleaba una Chopper y calzaba esperpénticos zapatos,
también tenía televisión. Entonces miraba El
gran premio de los 64 mil pesos. Era un programa con altos ratings, o
sea, programa de moda. Muchos de nosotros admirábamos muy sinceramente al
conductor y a los participantes, y queríamos emularlos. Para jugar ese juego,
había que leer, acumular información, dominar un tema, hacerse de cultura
general y específica.
Eres de mis escritores favoritos. Qué bien que mantengas vivo un blog, pues somos cada vez menos los que blogueamos. Saludos.
ResponderEliminarLástima,que apenas en diciembre 2021, leo estas líneas porque no sabía que existía.
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