sábado, 22 de noviembre de 2014

¿Qué nos enseña Polonia?

Hace alrededor de cinco años fue asesinado un policía en Polonia. Tuvo entierro de Estado. En la caravana al cementerio iban el presidente y el primer ministro. Este mes unos revoltosos hirieron a un policía; la secretaria de gobernación lo visitó en el hospital. La semana pasada corrió la noticia de tres diputados que amañaron sus cuentas de viáticos. El partido los expulsó de inmediato. Los electores agradecieron la reacción del partido y lo premiaron dándole el primer lugar en las elecciones de este domingo.

Cuando la gente me pregunta por qué me gusta vivir en Polonia, cuento anécdotas como éstas. Si les hablo del policía muerto, aclaro que en ese momento no portaba su uniforme, pues de lo contrario ningún malhechor se habría atrevido a tocarlo. También les comento que el asunto de los diputados no terminó con su expulsión del partido. Ahora la PGR polaca investiga el alcance del fraude y pronto les aplicará la ley. Si alguien tiene curiosidad por los números, aclaro que el diputado mayor se clavó doscientos mil pesos. O sea, nada, para los estándares mexicanos.

A su vez, los polacos no alcanzan a concebir la corrupción en México. Creen que exagero cuando les digo que Granier malversó quinientos millones de zlotys; suponen que miento cuando les aseguro que no es el más ratero de los gobernadores. Les parece una fantasía que la señora presidenta reciba como obsequio una millonaria casa. El asunto de Ayotzinapa, ni se diga, lo creen una fábula macabra.

Alguien dirá que en los años de la Segunda Guerra Mundial Polonia conoció horrores peores que el de Ayotzinapa, y éstos se siguieron dando durante cincuenta años de comunismo. Es verdad, solo que en el primer caso se tenía claro que el enemigo venía de fuera; en el segundo, los ciudadanos se negaron a aceptar el gobierno corrupto–comunista y, paso a paso, acabaron por tumbarlo en 1989.

¿Y quién lo diría?, el movimiento libertario polaco tuvo su mayor empuje con un líder sindical, que en México es símbolo de lo más rastrero y podrido. Lech Walesa recibió el Premio Nobel de la Paz, mientras que en 2013 Forbes nombró a Elba Esther Gordillo y Carlos Romero Deschamps los dos personajes más corruptos de México. Creo que hay una profunda diferencia entre estos reconocimientos.

Ahora que aparentemente se derramó el vaso en México, y que los políticos, en vez de reaccionar parecen tener más hambre de rapiña, debemos echarle un ojo a la historia reciente de Polonia. Los polacos transformaron un sistema más poderoso que nuestro débil Estado. Lo hicieron sin violencia, sin niñerías. Lo lograron con agallas y mucha inteligencia. Sí: mucha inteligencia. Y también, claro, haciéndole honor al nombre de su sindicato: Solidaridad.


Comparar México con la Polonia de 1989 tiene una falla: la diferencia en educación. A pesar de la censura comunista, los intelectuales y ciudadanos en general siempre empujaron para que hubiese libros, arte y humanidades, a veces libremente, a veces de modo clandestino. En un mundo educado, se conoce, respeta y modela la historia. Si en vez de asumir su rol histórico, Lech Walesa hubiese quemado una puerta o se hubiese robado un sifón de gasolina, tal vez el Muro de Berlín estaría tan firme como el año en que lo construyeron.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Su pacto y nuestro pacto

Trato de pensar en cosas librescas para escribir mi columna de hoy, pero me asaltan ideas y dudas bastante más terrenales.

En primer lugar está el pacto para combatir la corrupción y cerrar el paso a la impunidad que Peña Nieto pretende cuajar para evitar otro caso como el de Iguala. ¿De qué diablos estamos hablando? ¿Si los partidos no se toman de la mano habrá otra masacre de estudiantes? ¿Para respetar la ley hace falta un pacto? ¿Entonces de qué sirve la propia ley? ¿Al fin van a pagar su rapiña los priistas corruptos o solo la desleal Elba Esther?

Nadie como el PRI ha dominado el arte de la impunidad, así es que olvidemos nuevos pactos estatales porque el pacto social se estableció hace ya mucho tiempo: un Estado pone orden y seguridad, y los ciudadanos pagamos impuestos y mantenemos a los políticos en sus oficinas.

Y hablando de pago de impuestos… Hacienda está publicando listas de contribuyentes incumplidos. Muy bien. ¿Quién nos publica ahora una lista de gobernadores desfalcadores, funcionarios rateros, alcaldes corruptos, jueces parciales, diputados comisionistas? Seguro la lista sería más larga que la de los malos contribuyentes; y siendo así, un contribuyente incumplido no es sino un ciudadano que no se presta a pagar el salario, las prestaciones y las vacaciones de quien no se los ha ganado.

México tiene treintaidós gobernadores y alrededor de 2 mil 500 alcaldes. Sumen diputados federales y locales, regidores, tesoreros y demás puestos corruptibles, tal como tesoreros, secretarios de cualquier cosa, jefes de policía... Agreguen que los mexicanos no confiamos en nuestros funcionarios y respondamos ¿dónde habrá más incumplimiento? ¿Entre los políticos o entre los contribuyentes?

Los estudiantes que saben de páginas web y tienen infinita energía podrían formar una lista alterna a la presentada por Hacienda.

Ojalá Luis Videgaray recuerde que el diez por ciento del PIB se va en corrupción. ¿Qué tal si la reforma fiscal hubiese incluido un impuesto del 30% a los ingresos non sanctos, al moche directo, a la sustracción de las arcas públicas, desvío de fondos, escamoteo de cuotas sindicales, pagos desproporcionados a asesores que no hacen nada, a constructoras que levantan castillos en el aire?

No sé en qué quede el pacto de los partidos políticos. Pero el pacto que haremos nosotros, los ciudadanos, será no quedarnos callados, no dejar de presionar, no dejar de criticar. Un pacto para usar la palabra, pero también la acción. Todos los estudiantes de Derecho sabrán que marchar en las calles, alzar la voz es una forma digna de participar, pero también sabrán que hay formas más potentes de moldear un nuevo México. Ahí está la ley. Ustedes la conocen. Utilícenla. Presenten propuestas de leyes, denuncias en la PGR; convoquen a organismos y cortes internacionales. Diseñen mecanismos contra la impunidad.

El pacto que hagan los políticos será mero disimulo. El que hagamos nosotros puede funcionar.


sábado, 1 de noviembre de 2014

Tres escenas chilangas

Primera escena: fui a renovar mi credencial de elector en una lamentable sucursal del IFE en Tlalpan. Las filas salían hasta la calle. El edificio estaba sucio, deteriorado, no respondía a un diseño necesario para hacer cómoda la espera. Ahí sostuve esta conversación con uno de los empleados:

¿Por qué no avanza la fila?
Es que solo tenemos una persona para buscar y entregar las credenciales.
¿Y por qué no ponen otra?
Ahí hay un buzón para que se lo pregunte al IFE.
Segunda escena: ya con mi credencial fui a Coyoacán. Estoy comiendo un tamal oaxaqueño en la plaza. Se acerca un joven con una caja de cartón.
Soy estudiante de Ingeniería Química y hago estos jabones para ayudarme con los estudios.

Veo los jabones de distintas formas y colores. No compro ninguno.
Pero ahí en la banca de la plaza me puse a pensar. Si el empleado del IFE no me hubiese enviado al buzón, y en vez me hubiese dado otra explicación; si hubiese notado desde hace mucho tiempo que el sistema de trabajo es ineficiente; si en vez de excusa hubiese buscado una solución, entonces ese hombre un día sería el jefe de la oficina, otro día sería el jefe de sección, llegaría a ser director de servicios al público del IFE y quizás algo más. 
Pero no. Dentro de diez años, cuando renueve mi credencial, me lo encontraré en el mismo escritorio dando las mismas excusas en una oficina todavía más deteriorada.

También pensé que si el estudiante de Química me hubiese hablado de las bondades de sus productos, de por qué son mucho mejores que una pastilla suave cual crema limpiadora en forma de jabón, si me hubiese hablado de su composición e incluso me hubiese contado una mentira como “las mujeres se sienten irresistiblemente atraídas por el aroma”, entonces le habría comprado al menos uno.

Concluí lo que ya se sabe: una gran mayoría de mexicanos no tiene ganas de comerse el mundo. Recordé aquel cuento de Chéjov que se titula “Poquita cosa”. Mentira que el país esté para niños Gates. Claro que alguien puede acumular una fortuna mayúscula, pero no a través de la innovación, sino mediante otras mañas; o sea, criamos niños Slim Fast.
Tercera escena: me pasé a la librería Educal. Un guardia me dice que deje mi mochila y señala una ventana.

¿No me da la presunción de inocencia?
Yo no sé si vienes a robar libros.
Venía a comprarlos, pero mejor me voy a Gandhi.

El guardia, entonces, sale sobrando, pues no vigila sino que controla. En Gandhi sí me dejan entrar con mochila y yo, agradecido, compro un montón de libros.

Los defeños entregan en diversos negocios sus mochilas, bolsas y credenciales sin chistar; se extrañan de que yo me indigne y prefiera salir. Ya se acostumbraron a que los traten como ladrones. Tal como los viajeros nos acostumbramos a que nos traten como terroristas.


Pero mis escenas chilangas son pequeñeces delante de la escena nacional. Hoy lo relevante es que no hay Estado, no funciona el sistema de justicia, hablamos de 43 muertos aunque quizá sean 150 mil, los políticos ven la tempestad y siguen robando, los partidos quieren su hueso, se promueven reformas para que haya más rapiña y encima se vislumbra una buena crisis económica, de esas que sabe cocinar el PRI. Dios nos coja confesados.

sábado, 25 de octubre de 2014

Mundo tibio


Esta semana un autor inglés que responde al nombre de Nick Hornby dijo que había que quemar los libros excesivamente complicados o que se leen por puro esnobismo, que en las escuelas no había que obligar a los alumnos a leer lo que no quieren, que un libro debería ser como la televisión.

Los comentarios no son originales. Los dice cualquier pelmazo para justificar su rechazo a la lectura. Sin embargo, pronunciados por un autor de éxito, suenan más preocupantes. Son una justificación a la mediocridad. O quizás una invitación a que dejen las obras maestras y se pongan a leer las simplezas que seguramente ha de escribir el tal Hornby.
También es un apoyo al mundo editorial, que lanza incontables novedades en un intento por sepultar a los clásicos, pues éstos son menos rentables.

Además respalda la patanería de tanto maestro de escuela que apenas aprendió a balbucear. Cuán feliz se sentirá el tal maestro de disertar acerca de una infranovelita juvenil y no sobre Pedro Páramo.

Es verdad que la lectura puede ser un placer; pero también es cierto que la letra con sangre entra. Comer puede ser placentero, ¿pero qué madre respeta el gusto de sus hijos si solo quieren golosinas?

Si los matemáticos hablaran como Hornby dirían que no se debe presionar a los niños con los números, y basta con que lleguen a la tabla del diez. ¿Que los niños no disfrutan la historia? Entonces llenemos sus mentes con chismorreos de las estrellas. ¿Prefieren una biografía del Chicharito a la de Benito Juárez? No se preocupen; estamos para complacer a los chamacos.

Un columnista de El País se sumó al llamado de Hornby y puso una lista de diez títulos que considera muy complicados. Incluye maravillas como Don Quijote, Crimen y castigo, Guerra y paz, Paradiso, La Divina Comedia y Moby Dick. A su vez, algunos lectores de El País se pusieron a agregar más títulos, y acaso unos cuantos protestaron por la inclusión de Crimen y castigo en la lista de marras.
Quien quiera celebrar su ignorancia es libre de hacerlo. Quien quiera confesar que su cabecita consideró Cien años de soledad como algo demasiado complicado, hágalo; aunque en otros tiempos hubiese sido motivo de vergüenza. Quien guste ver la televisión siete horas al día, adelante. Pero no me digan que la escuela ha de ser un sitio para apapachar la brutez o, peor aún, para propiciarla.

En el siglo XIX, Matthew Arnold dijo que cultura es “lo mejor que se ha pensado y dicho”. Pero con el tiempo ha prevalecido una idea más antropológica que establece que cultura es todo aquello que hace el hombre. En esta generalización, acabamos por tenerle miedo a los juicios de valor. Así, ninguna manifestación cultural es superior a otra: solo son diferentes.
Y ya en este mundo tibio, vale más que alguien lea una facilona novela de Nick Hornby que El gatopardo. Vale más que disfrute a Los Bukis y no que se complique la vida con Bach. Vale más que se quede idiota y no que ejercite un poco las neuronas.

En la vida privada, que cada quien haga lo que quiera. Pero si aceptamos estas ideas en la escuela, ¿entonces para qué sirve una escuela?

sábado, 18 de octubre de 2014

El teatro de la vida

Allá cuando no había imprenta o cuando la imprenta era muy joven o cuando mucha gente todavía no sabía leer o escribir, la literatura se escuchaba. Y la forma más popular de escucharla era el teatro. Aun las lecturas o recitaciones públicas de un texto tenían elementos de teatralidad, pues cualquier buen lector hacía mucho más que mover los labios.
Mi espíritu aureosecular me inclina a pensar en Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina, Juan Ruiz de Alarcón, sor Juana Inés de la Cruz y otros de sus contemporáneos cuando pienso en teatro; y por supuesto también en Shakespeare.
De estos teatreros han salido muchas joyas de nuestro lenguaje, incluyendo la tan conocida: “¿Qué es la vida? Un frenesí./ ¿Qué es la vida? Una ilusión, /una sombra, una ficción, / y el mayor bien es pequeño; /que toda la vida es sueño, /y los sueños, sueños son”.
Palabras que por bellas, certeras y poderosas han influido incluso a la filosofía.
Hoy me quiero ocupar de un aspecto de este teatro: lo importante que podría ser en las escuelas para educar en la literatura, humanidades, retórica, lengua, memoria, socialización, dicción y otros tantos aspectos.
No soy un pedagogo para saber qué obras de teatro pueden asimilarse y adaptarse a qué edad, pero tampoco confiaría en que este asunto lo dictaran los pedagogos, que mayormente se han dedicado a tratar a los niños como pequeños idiotas sin criterio, waltdisneyizando buena parte de la infancia. Temas que aparecen regularmente en el teatro como la violencia, la muerte, la infidelidad, el engaño y los juegos de poder son perfectamente compatibles con una mente de seis o siete años. Quienes se quejaron de la muerte de la mamá de Bambi no lograron sino idiotizar un poco más a la siguiente generación.
Ya que mencioné unas líneas de La vida es sueño, imaginemos el trabajo que sería para unos chicos del sexto de primaria montar la obra. Sí: de sexto de primaria.
Hacer las pruebas para seleccionar los actores, en las que los alumnos son inevitablemente jueces y parte. Imaginar los escenarios y montarlos. Competir por los papeles principales. Asignarse los secundarios y de bulto. Memorizar las partes. Pulir la actuación mediante crítica de los propios compañeros. ¿Cómo debe expresarse tal o cual parlamento? ¿Con rabia o vergüenza o llanto? Encargarse de todos los aspectos de la producción, incluyendo la promoción de las presentaciones y, ¿por qué no?, de las finanzas tanto de gastos como de patrocinios y venta de boletos.
El proyecto sería para trabajar diariamente en él durante todo el año escolar. La calidad del producto final dependerá de muchos factores, tristemente incluyendo al maestro. Pero el mero hecho de mandarlos a una aventura artística e intelectual que busca exigir en vez de adormecer ya sería un triunfo educativo. Encima iluminarían a los padres asistentes al estreno, que ahora apenas están acostumbrados a obritas de tres minutos o al poema de Paquito.

Y si hablo del teatro del Siglo de Oro es porque también es importante tratar con ese lenguaje, ritmo y poesía. Al final, una representación de alguna obra maestra nos dejará también la enseñanza de que la vida es teatro, y el teatro, vida es.

sábado, 11 de octubre de 2014

Alta traición


Llegué a México este primero de octubre. Cuando tomé el avión en Cracovia se decía que los normalistas de Ayotzinapa se habían ocultado y poco a poco irían apareciendo. Con ese toque de optimismo, no pude evitar sentir que había aterrizado en un paraíso.
Uta, qué bien se siente uno en México. De inmediato se trata con agentes de migración humanos y amables, diferentes, supongo, de los que encuentran los migrantes de Centroamérica. Luego voy por unos tacos. Disfruto la carne de ínfima calidad, el olor de las tortillas recién hechas, salsas mágicas que todo lo vuelven delicioso. Recupero el modo familiar para hablar con desconocidos, las conversaciones espontáneas.
En la avenida Universidad un anciano tiene dificultad para abrocharse las agujetas; una mujer deja su prisa y se acuclilla para atárselas en una escena casi bíblica. A otra señora se le desfonda la bolsa de la basura y llegan tres mujeres a ayudarle. Veo otras escenas de solidaridad espontánea. Amo mi país, me digo.
Pero ni modo, también me pongo a leer la prensa, que me dice shakespeareanamente que algo está podrido en México.
En esta columna suelo hablar de literatura, de libros, del acto de leer, de mis autores preferidos entre los que suelo mencionar por sobre todos a Cervantes y Dostoievski, pues son dos autores que, más que en mi memoria, están en mi conciencia.
Pero hoy tengo en mi conciencia a los normalistas de Guerrero. Por sí sola, la suma de corrupciones, violencias, complicidades, incompetencias, injusticias, silencios, disimulos, distracciones, mentiras y represiones que llevaron a estos jóvenes a ser torturados, asesinados y calcinados es para indignar y atemorizar a cualquiera; pero además, estos asesinatos ya tienen el volumen de la gota que derramó el vaso.
Hay que recordarle a los gobiernos municipales, estatales y federal que la única razón de su existencia es cumplir con un pacto que comienza con la seguridad. No se trata de que se declaren con las manos limpias, pues en estas circunstancias la incompetencia no se distingue de la complicidad. Y sin embargo, como si estuviese realizando un excelente trabajo, el Estado se recetó un aumento de sueldo vía Hacienda.
Pese a lo que escribo, siento algo parecido a la felicidad por estar en México. Es un país seductor como mala mujer.
José Emilio Pacheco escribió en su poema “Alta traición”: “No amo mi patria./ Su fulgor abstracto/ es inasible./ Pero (aunque suene mal)/ daría la vida/ por diez lugares suyos,/ cierta gente,/ puertos, bosques de pinos,/ fortalezas,/ una ciudad deshecha,/ gris, monstruosa,/ varias figuras de su historia,/ montañas/ —y tres o cuatro ríos”.

Yo siento que sí la amo, pues desde fuera su fulgor abstracto se vuelve asible; pero apenas daría la vida por tres personas; nunca por un río. Por eso respeto y admiro a los que sí se están jugando el pellejo a las órdenes de un Estado ambiguo, y no los juzgo si un día se les pasa la mano.

sábado, 4 de octubre de 2014

El brazo de Don Quijote

Cuando don Quijote sale a correr aventuras, “apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, entuertos que enderezar, sinrazones que enmendar, y abusos que mejorar, y deudas que satisfacer”, confiaba plenamente en sus propias fuerzas. Por eso, unas de sus metáforas preferidas se refieren a su brazo.

“Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos del imperio de Trapisonda, y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del extraño gusto que en ellos sentía, se dio prisa a poner en efecto lo que deseaba”.

O: “Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual se desesperaba, porque quisiera topar luego con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo”.

O: “Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelante a quien quedaba obligado por la merced recibida, porque pensaba darle alguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo”.

O: “La vuestra fermosura, señora mía, puede facer de su persona lo que más le viniere en talante, porque ya la soberbia de vuestros robadores yace por el suelo derribada por este mi fuerte brazo”.

O: “Quiero decir que los religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la tierra; pero los soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellos piden, defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras espadas, no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos por blanco de los insufribles rayos del sol en el verano y de los erizados hielos del invierno”,

En esta última cita se menciona el brazo junto con el arma. Tal como en esta otra: “Pido esto con esta mansedumbre y sosiego, porque tenga, si lo cumplís, algo que agradeceros; y, cuando de grado no lo hagáis, esta lanza y esta espada, con el valor de mi brazo, harán que lo hagáis por fuerza”.

Fuerza, valor, brazo, espada, lanza. Todo suena caballeresco. Y para andar en esas andanzas hacía falta una hombría que hoy se quiere emular con un dedo en el gatillo.

Hoy, a don Quijote y Sancho no los habrían apaleado unos desalmados yangüeses, sino que algunos desconocidos los hubiesen rafagueado, colgado, calcinado, degollado, dando por terminada la novela en el capítulo quince con una estética de mal gusto digna de nuestros días.

O acaso se habría agregado un apéndice con una antología de tuiteos mediante los que las autoridades dijeron lamentar el final del Caballero de la Triste Figura y su noble escudero. Sin faltar el que solicite esclarecer el crimen o exija todo el peso de la ley contra los responsables.



Aunque más bien creo que hoy Don Quijote habría terminado en el capítulo dos, apenas en su primera salida, porque nuestro Estado que no sabe enderezar entuertos, pero sí torcerlos más, habría visto un enemigo en el bizarro justiciero de La Mancha.